Medir la pobreza se planteó a fines del siglo XIX sobre la base de si un
individuo era capaz de hacer frente a lo “básico” en comida, vivienda y ropa.
Entonces, el desagüe y la luz eléctrica eran lujos. Actualmente, los indicadores
más usados son los del Banco Mundial (en US$ de 1985, 2 al día para “pobreza” y
1 para “pobreza extrema”). Para sus programas internos, el gobierno de EEUU
utiliza como referencia un ingreso diario bastante mayor (US$29.58 en valores
actuales).
La agencia estadística de la UE –Eurostat– prefiere usar una definición
relativa que termina siendo en realidad una medida de desigualdad. Así, califica
de pobre a cualquiera que viva con un ingreso menor a 60% de la mediana del
ingreso del conjunto. Ya en La riqueza de las naciones, Adam Smith
reflexionaba que aunque en Roma y Grecia se vivió confortablemente sin conocer
el lino, un obrero inglés de su época consideraba esencial contar con una camisa
de ese material. El tema aquí –hace notar Tim Harford en una columna de
Slate– es que la pobreza, más que ser relativa, constituye una
construcción social. Una persona puede carecer del ingreso para participar en
sociedad. Las personas no se vuelven necesariamente más pobres si a los demás se
les otorga un aumento, como estima Eurostat, sino porque algo que no pueden
adquirir –una conexión a Internet, por ejemplo– se convierte en un imperativo
social.
¿Puede la pobreza ser definida técnicamente? Resulta siendo siempre un
estimado subjetivo. La Joseph Rowntree Foundation (fue un Rowntree el primero
que hizo el cálculo de pobreza en Inglaterra) acaba de publicar un estimado
actualizado que incluye, por ejemplo, un terno cada dos años, un celular y
suficiente cerveza como para emborracharse cada quincena.

Felipe Ortiz de Zevallos
Presidente
Grupo APOYO